AUPA nace de una palabra que forma parte de mi historia personal, de mis raíces murcianas y de mi manera de
entender el acompañamiento a la infancia.
Recuerdo que, cuando era pequeña, le pedía a mi padre que me llevase «aúpa». Una expresión cariñosa, muy
nuestra, que utilizaba para pedirle que me cogiera en brazos, que me llevase consigo y me hiciera sentir
protegida.
Con el paso del tiempo, fui yo quien empezó a llevar aúpa a mis primas pequeñas. Aquello que había
recibido
con tanto cariño de mi padre, empecé a ofrecerlo a otros niños desde mi propio lugar.
Más adelante, comencé a trabajar con niños con trastorno del espectro autista (TEA). Y, de alguna manera,
volví a encontrarme con ese mismo gesto de cuidado y acompañamiento. Ya no se trataba únicamente de
llevarlos
en brazos —aunque en alguna ocasión también fue así—, sino de acompañarlos en su camino, sostenerlos
cuando lo
necesitaban, guiarles en sus aprendizajes y estar presente en cada paso de su desarrollo.
Porque para mí, acompañar a un niño no significa simplemente ayudarle a avanzar. Significa hacerlo desde
el
respeto a su individualidad, comprendiendo sus necesidades, reconociendo sus capacidades y ofreciendo el
apoyo
que necesita para crecer y desenvolverse con confianza.
No concibo otra forma de trabajar que no sea desde el amor, el respeto y la paciencia. Los mismos valores
con
los que mi padre me acompañó durante mi infancia y que, sin darme cuenta, han ido definiendo mi manera de
entender esta profesión.
«AUPA representa mi forma de acompañar: con cariño, respeto y confianza, ofreciendo a cada niño el apoyo
que
necesita para avanzar, crecer y descubrir su propio camino. Porque trabajar con niños es, en cierto
modo, llevarlos «aúpa» como lo hacen sus padres: con amor, con cuidado y con la seguridad de que siempre
habrá alguien a su lado.»